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Comentario Semanal / Política económica en tiempos difíciles

Publicado el 18/01/2019

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Los ciclos económicos son inexorables, reflejando las dinámicas de las economías de mercado, resumidas por Schumpeter en el proceso de “destrucción creativa”. Después de los rebotes iniciales de las fases expansivas se alcanza el momento álgido de la recuperación, con crecimientos superiores a los potenciales, para más tarde entrar en la fase de desaceleración, en la que se produce una paulatina convergencia hacia los ritmos tendenciales de crecimiento y se va cerrando el output-gap negativo.

Esas fases de aterrizaje suave terminan en recesión cuando la economía acumula desequilibrios que pueden tener un origen macroeconómico (inflación, déficits de balanza por cuenta corriente, etc) o microeconómico (burbujas en los mercados de activos financieros, vivienda, etc). Esas correcciones pueden ser globales (lo que cada vez es más frecuente), regionales (como ocurrió en Europa con la última crisis) o locales. Siendo esas recesiones, especialmente las globales, anomalías en el ciclo económico, como escribía Martin Wolf hace un par de semanas en Financial Times. Muchas veces, el error de la política económica es tratar de frenar esa desaceleración inercial, cuando muchas veces lo único que se consigue es ganar alguna décima de crecimiento en el muy corto plazo, a costa de incrementar los desequilibrios. Por tanto, en momentos de aumento de la incertidumbre, especialmente en situaciones de vulnerabilidad, lo más sensato es no incurrir en riesgos y aumentar los grados de libertad de la política económica. De hecho, es el momento en el que la política económica se suele equivocar más pues, intentando dirigir a la economía otra vez hacia el punto máximo del ciclo, lo que finalmente se consigue es el efecto contrario, acortar la duración de la etapa expansiva y contar con menos capacidad de respuesta anticíclica. Por tanto, el diagnóstico de dónde estamos, hacia dónde nos dirigimos y la valoración del coste-beneficio de intentar cambiar de forma artificial la inercia cíclica es fundamental.

Lo anterior viene al caso, pues precisamente nos encontramos en ese momento en el que las tentaciones para intentar volver al año 2017, utilizando los tipos de interés o la política fiscal, son muy importantes y, probablemente, es la vía más directa para aumentar desequilibrios y precipitar el ajuste. Empezando por la política monetaria, nadie puede pensar que, a estas alturas del ciclo, en un mundo con tipos de interés reales negativos (Europa) o por debajo del 1% (EEUU), los bancos centrales vayan a ser los culpables de la próxima recesión. Más bien puede ser la inestabilidad financiera, causada por una política monetaria excesivamente laxa, que incentiva a los ahorradores a buscar rentabilidades sin valorar adecuadamente los riesgos, una de las espoletas de la crisis. Sólo hay que mirar los niveles de endeudamiento en algunos segmentos empresariales en EEUU o la evolución de los precios de la vivienda en mercados "prime" globales. Por tanto, conviene mirar menos a unos objetivos de inflación fijados en un mundo muy diferente al actual y más a la estabilidad financiera. En el ámbito fiscal, más de lo mismo, pues el componente estructural de los déficits públicos es muy elevado en un buen número de países a estas alturas de la fase cíclica expansiva.

Entonces la pregunta es: ¿qué deberían hacer las autoridades económicas en un momento como el actual? Desde luego, no se equivocarán si buscan preparar al tejido económico para cuando cambie el ciclo y eso significa aumentar la flexibilidad y la competencia y eliminar trabas burocráticas. Y, sobre todo, intentar mejorar el crecimiento potencial de cara al medio plazo, más que pretender situarnos por encima del mismo el máximo tiempo posible, sin valorar los desequilibrios que pueda provocar. Eso significa incidir en tres variables: inversión, formación del capital humano y productividad. Sobre todo, si pensamos en que el proceso de aumento de la deuda global, en el que ha estado inmersa la economía internacional en las últimas décadas y que ha servido de amortiguador de los cambios estructurales que ha supuesto la globalización (con sus ganadores y perdedores), debería estar próximo al agotamiento.

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